EVANGELIO DE LA FRATERNIDAD
Parecería
que la fraternidad es un dato evidente. Pero no es cierto. La hermandad sólo se
descubre a través de los ojos de la fe. Una mirada superficial no nos revela en
el otro a un hermano. Los ojos de la carne descubren en el otro a un amigo o un
enemigo, un colega o un extraño. Para percibir en el otro a un hermano es
preciso creer en un Dios que es Padre y afirmar, a la luz de la fe, que su
paternidad alcanza por igual a todos los hombres y mujeres de este mundo. Por
eso se puede decir que la fraternidad es todo un evangelio: es decir una «buena
noticia». Un evangelio que nos ha sido confiado. Un evangelio que hemos de
proclamar cada día. Un evangelio de cuyo anuncio y vivencia se nos ha de pedir
cuenta. Este evangelio de la fraternidad ha de ser anunciado, celebrado y
practicado por los creyentes en el Señor resucitado.
Anunciar la
fraternidad En primer lugar es preciso anunciar esa buena nueva de la
fraternidad en el interior mismo de la Iglesia. Los creyentes hemos sido llama dos
a creer en la palabra del amor y a sentarnos en torno a la mesa de la unidad.
Será preciso recordar que «el cristianismo está abierto a la fraternidad
universal, porque todos los hombres son hijos del mismo Padre y hermanos en
Cristo» . Y, una vez evangelizada, la Iglesia ha de anunciar a todo el mundo la
buena noticia de la fraternidad: «Al proclamar el Concilio la altísima vocación
del hombre y la divina semilla que en éste se oculta, ofrece al género humano
la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que
responda a esa vocación» (GS 3 b).
Hacen falta nuevos e incansables profetas de la fraternidad. Los verdaderos profetas no son los que solamente
se limitan a anunciar futuros de calamidades o de fáciles entusiasmos. Los
profetas tienen la gracia y la osadía de escudriñar con ojos de fe los signos
de los tiempos. El ministerio profético incluye siempre el anuncio, la denuncia
y la renuncia. — Anuncio de que Dios ha ofrecido su paternidad a todos los
hombres y mujeres de este mundo, sin distinción de razas o países. Y anuncio de
la posibilidad y la urgencia de una opción generosa y compasiva en pro de la
fraternidad de todos los hombres y mujeres del mundo. En el anuncio de Jesús, y
en la perspectiva del Reino de Dios, «un vínculo, como el de la fraternidad
significa una cosa distinta de la “fraternidad según la carne”, que deriva del
origen común de los mismos padres» Cf. (FLECHA
ANDRÉS, 2018)

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