LA SANTA CUARESMA, PÍO X
Mas si esta exhortación al ayuno, al cilicio y a la penitencia supusiese
demasiado para el espíritu mundano, entremos no obstante en el espíritu de la
Iglesia que como Madre benigna, y con el deseo de adaptarse a la fragilidad de
sus hijos, ha mitigado todas estas prácticas santas, por lo cual no puedo dejar
de traer aquí las palabras de San Pedro dirigidas a los cristianos de su
tiempo: “Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario el diablo da vueltas
a vuestro alrededor, como león rugiente, buscando a quien devorar: resistidle
fuertes en la Fe” (I San Pedro V, 8-9); y sin ninguna duda, si practican estos
santos consejos, la Santa Cuaresma será un tiempo aceptable, será el tiempo de
la salvación.
Necesidad
de la Penitencia
La
recta razón y la Fe nos manifiestan conjuntamente esta verdad: fue precisamente
en el momento en que se rompió la amistad con Dios en el Paraíso terrenal,
cuando se suscitó dentro de nosotros la concupiscencia, incentivo y alimento de
las más escondidas pasiones, germen de los vicios y causa fatal de la guerra
entablada entre la carne y el espíritu, la cual con magistrales trazos y
elocuentes palabras fue descrita por San Pablo de la forma siguiente: “Me
complazco en la Ley de Dios según el hombre interior: mas llevo otra ley en mis
miembros opuesta a la ley del espíritu, que me hace esclavo de la ley del
pecado, y esta ley está impresa en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me
librará de este cuerpo de muerte?” El único remedio para obtener esta
liberación es combatir en nosotros esa raíz que es la causa principal de
nuestros vicios y de nuestras pasiones, y como nuestro gran enemigo es el cuerpo,
habrá que esforzarse en humillarlo para reconducirlo a su verdadero fin, dada
la carga de pereza que lleva consigo, y mediante esta humillación se adquirirá
una vida más vigorosa en perfecta armonía con el espíritu.

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