CONSTRUYENDO FRATERNIDAD
La fraternidad no es sólo un sentimiento filantrópico que lleva a una relación de afecto y amistad con los semejantes. Jesús nos reveló nuevas dimensiones que nos permiten comprender mejor el sentido profundo de los vínculos de hermandad que Dios ha querido que existan entre los seres humanos.
Nos revela que Dios, creando el ser humano a su imagen y semejanza, lo ha creado para la comunión. El Dios creador que se ha revelado como Amor, como Trinidad y comunión, ha llamado al hombre a entrar en íntima relación con Él y a la comunión interpersonal, o sea, a la fraternidad universal. Esta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus hermanos.
A partir del Concilio Vaticano II, se ha re- descubierto la importancia de
la fraternidad en la vida religiosa. Esta se presenta como una vivencia
fraternal del evangelio y dice (VC,42) que en ella radica su principal
testimonio, que esta es la forma de hacer presente la salvación de
Jesucristo que posibilitó la fraternidad entre todos nosotros. Por lo
tanto la fraternidad abre a la vida religiosa a la universalidad en
la diversidad.
La fraternidad hace que la
vida religiosa sea un signo, independientemente de lo que cada comunidad haga o del
apostolado al que se dedique: personas
diferentes, de diferentes culturas y razas, con diferentes sensibilidades y con
diferentes edades… y que, no obstante los inevitables conflictos y dificultades
que una vida en común lleva consigo, viven juntos/as, oran juntas, construyen
un proyecto comunitario día a día,
crecen juntos humana y espiritualmente e intentan ser fieles a la llamada de
Dios. Nuestro paradigma para vivir la vida en fraternidad es el icono de los Hechos
(4, 32-37; Lc 4,16-22) y poner en
práctica el “mandamiento nuevo” del Señor: el amor fraterno (Jn 13,34; 17,11).

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