lunes, 19 de febrero de 2018

CONSTRUYENDO FRATERNIDAD







La fraternidad  no es sólo un  sentimiento filantrópico  que lleva a una relación de afecto y amistad con los semejantes. Jesús nos reveló nuevas  dimensiones que nos permiten  comprender mejor el sentido profundo  de los vínculos de hermandad que  Dios ha querido que existan entre los seres humanos.

Nos revela que Dios, creando el ser humano a su imagen y semejanza, lo ha creado para la comunión. El Dios creador que se ha revelado como Amor, como Trinidad y comunión, ha llamado al hombre a entrar en íntima relación con Él y a la comunión interpersonal, o sea, a la fraternidad universal.  Esta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus hermanos.



A partir del Concilio Vaticano II, se ha re- descubierto la importancia de la fraternidad en la vida religiosa. Esta se presenta como una vivencia fraternal del evangelio y dice (VC,42) que en ella radica su principal testimonio, que esta es la forma de hacer presente  la salvación de Jesucristo que posibilitó la fraternidad entre todos nosotros.  Por lo tanto la  fraternidad  abre a la vida religiosa a la universalidad en la diversidad.
La fraternidad hace que la vida religiosa sea un signo, independientemente de  lo que cada comunidad haga o del apostolado  al que se dedique: personas diferentes, de diferentes culturas y razas, con diferentes sensibilidades y con diferentes edades… y que, no obstante los inevitables conflictos y dificultades que una vida en común lleva consigo, viven juntos/as, oran juntas, construyen un proyecto comunitario  día a día, crecen juntos humana y espiritualmente e intentan ser fieles a la llamada de Dios. Nuestro paradigma para vivir la vida en fraternidad es el icono de los Hechos (4, 32-37;  Lc 4,16-22) y poner en práctica el “mandamiento nuevo” del Señor: el amor fraterno (Jn 13,34; 17,11).   






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